

Está claro que el “espacio público”, independientemente de lo que signifique, la definición que se haya podido adoptar en la Real Academia, en la práctica es un lugar que solamente puede ser usado por un tipo de seres y bajo unas determinadas condiciones, y que hay distintos tipos de espacios públicos. Y esto es así porque alguien, con apariencia humana, lo ha decidido. Que sepamos, la tierra no traía ningún manual de instrucciones. Las instrucciones se han establecido en virtud de un funcionamiento concreto. Además, el manejo del espacio que nos corresponde a todos los seres del mundo, está vigilado y controlado por unos instructores que velan por su “correcto” funcionamiento. El hecho es que esas instrucciones solamente las pueden aprender y aplicar un tipo de seres vivos, que justamente son seres humanos con capacidad mental para ello. El riesgo de no cumplir debidamente con los preceptos de ese compendio de normas puede ser la muerte. Así de sencillo. Ese perro que camina libremente por el espacio público, nunca podrá aprenderse las reglas de uso de su propio espacio, y por ese motivo corre un alto riesgo de perecer si sus movimientos no son controlados por otro ser vivo que sí conozca bien las normativas y que, lógicamente, tendrá también apariencia de ser humano. De la misma manera, los niños han sido desprovistos de libertad en el uso de su propio espacio, para funcionar exactamente igual que cualquier perro, controlados por otra persona para reducir su riesgo de muerte.
Las directrices que hay que seguir están articuladas para dar prioridad sobre todas las cosas a los vehículos motorizados. Los derechos y libertades de uso para el resto de seres están reducidos a la mínima expresión. Todas las personas y animales podrán usar el espacio público transformado en calles únicamente para desplazarse por un lugar estrecho habilitado para ellas. El resto de actividades que se pueden realizar en un lugar exterior que nos pertenece a todos/as, ya no son practicables o legales. Ahora solamente tenemos derechos y obligaciones, pero no libertades, y consisten, básicamente, en desplazarnos.
Los ruidos, humos, suciedad, velocidad, sensación de peligro y estrés provenientes de todos los vehículos motorizados, tampoco facilitan posibilidades de uso distintas del estricto ir y venir. Sencillamente, el espacio público es insufrible para estar en él durante varios minutos por el placer de tomar el aire o el sol.
Por ese motivo, la vida exterior de los seres vivos que habitamos en las ciudades se ha quedado empobrecida hasta niveles ridículos. Las grandes urbes son grandes vertederos donde no se puede estar, solamente se puede pasar. Este comportamiento que las personas civilizadas han aceptado como válido es tan profundamente estúpido que les hace sobrellevar una vida mísera por voluntad propia, por no perder la posibilidad de usar un medio motorizado de vez en cuando. ¡¡Han sacrificado su calidad de vida para poder desplazarse sentados en un vehículo a motor!! Además, están faltando al respeto a todos los que no caemos en la estupidez o en el engaño, porque no tenemos escapatoria.
Los núcleos de población son lugares con una gran densidad de personas compartiendo un espacio limitado. Ese espacio fue en su momento un lugar de convivencia donde era posible la realización social por medio de cualquier tipo de actividad, desde la más sencilla que consistía en charlar con gente. De todas las posibles formas de usar libremente el “espacio público”, desplazarse era una más, sin prioridad sobre las demás. Debido a la imposición del movimiento, el resto de usos de la calle han quedado reducidos a una cuestión marginal cuyas posibilidades varían a merced de las decisiones relacionadas con el tráfico. El tráfico manda. La población calla y obedece. Los árboles molestan, los animales y niños pagan su inocencia con el riesgo de ser atropellados. Personas con minusvalías tienen que pedir permiso para vivir. Los que tenemos el gran poder de la asimilación de normas, arriesgamos la vida por despistes propios o ajenos, y por fallos en el sistema de automatización de señales luminosas o nefastas obras públicas.
La normativa no contempla la inocencia ni el despiste. No contempla al ser humano. Solamente a la máquina mortal como si ésta tuviera voluntad y cerebro. Si respetas las normas no pasará nada. ¿Y si no las puedo respetar porque tengo 4 años? ¿O porque soy un gato? ¿O porque soy un conductor que, circulando, me he mareado? El incumplimiento de la ley puede ser o no penalizado dependiendo de las circunstancias, pero del peligro no te libra nadie. Puedes ser un niño, escaparte de la mano de tus padres, salir corriendo y cruzar en rojo, nadie te va a sancionar porque eres un niño, pero a lo mejor te atropellan, y nadie va a sancionar a quien te haya atropellado: mala suerte, chaval, la culpa la tienen tus padres, por despistarse, haciendo uso de su derecho al despiste como seres humanos que son.
Así, las ciudades y lugares donde se congrega la gente para vivir en compañía, dejan unos “espacios públicos” de asfalto comprendidos entre toda la amalgama de “espacios privados” de ladrillo y hormigón, donde la convivencia prácticamente no es posible. Nos vemos obligados a vivir unos encima de otros, a cruzarnos fortuitamente cuando nos desplazamos, y a disfrutar de nuestra compañía en espacios privados, es decir, consumiendo. Está fallando algo fundamental que nos hace vivir bajo unas condiciones de calidad de vida absurdas: el lugar público es peligroso. La primera gran medida es considerar que el “espacio público” nos pertenece a todos, tanto como si fuera una prolongación de nuestra propia casa, y por lo tanto, hay que eliminar el peligro definitivamente. Empezando por el tráfico a motor. Hasta que no se entienda esto, cualquier medida para reducir accidentes o de cualquier otro tipo, no servirá más que para darle una “justa” continuidad a un sistema, este, el capitalista, que consiste en llevarlo todo hasta el límite soportable jugando con el engaño y el Síndrome de Estocolmo metido con calzador en todas las mentes ciudadanas, para que sus víctimas lo defiendan por encima de todas las cosas. Dar por válida la segmentación del espacio público en trozos de calle para cada tipo de desplazamientos, es apostar por la pérdida definitiva de todas las actividades ciudadanas, públicas y gratuitas, que no sean desplazarse, básicamente, porque el espacio queda dividido en franjas de permiso para el paso, demasiado angostas como para proceder con el no movimiento o con desplazamientos transversales, en círculos, u otros que se puedan relacionar con actividades algo distintas (saltar la comba, juegos varios …), lo cual, te sitúa en una actitud contracorriente y enajenante.
El sistema exige movimientos mecánicos y eficaces, pues lo contrario no es productivo. Pero sobretodo, exige movimiento. El movimiento es la mayor simbolización del gasto y el consumo, y la única alternativa de un sistema que se sostiene en función de que esto ocurra. Así que, señoras y señores, nos hemos cubierto de gloria.
"1.500 niños cada año, son atropellados, en su mayor parte por cruzar las vías de forma no reglamentaria o no usar los pasos de peatones"(1)
"Es que los niños, los perros y demás seres vivos que no respetan las reglas: o son suicidas, o son tontos, o son unos idealistas revolucionarios, porque habiendo pasos de peatones para que puedan sobrevivir durante muchos años más, no se les ocurre otra cosa que transgredir la ley pasando totalmente de la normativa en innumerables actos de desobediencia civil, a veces pereciendo por defender su causa, que es la libertad de movimiento y la inocencia. A los niños fallecidos les dan una sepultura digna como corresponde, pero... ¿Y los perros, gatos, ratones, pájaros, insectos, linces, jabalíes, zorros, serpientes... que mueren en el asfalto y allí se quedan mostrando sus tripas largos días a los pilotos y tripulantes civilizados que les pasan por encima? O ponemos tapias de hormigón que impidan el cruce de la carretera a todos estos radicales, o el problema no tendrá solución, ya que el adoctrinamiento no es posible para todo el mundo, solamente para los seres privilegiados que tienen capacidad de entender y asimilar que hay que comportarse de manera reglamentaria para no morir en el espacio público.
Por todo lo dicho, y a sabiendas de que arriesgo mi vida por mi antirreglamentaria forma de circular, yo cruzo la calle por donde quiero, circulo en bici en la dirección y sentidos que más me convienen y hago uso de mi propio reglamento que consiste en no poner en peligro a ningún ser vivo. Soy un niño, un perro, un gato, un pájaro, un insecto,... con la diferencia de que conozco el peligro y sé evitarlo. No puedo asimilar reglamentos dictados por la industria del motor que sólo pueden cumplir quienes los pueden aprender, y cuyo incumplimiento tiene consecuencias mortales. No es justo.
Si no existieran normas de tráfico, nadie cruzaría de forma no reglamentaria y los vehículos peligrosos sencillamente no serían tan peligrosos porque los accidentes casi nunca son intencionados, tendrían que circular lentos para no hacer daño y lo harían por sí mismos, no por imposición de alguna ley. Es más, cumplir la ley para aquellas personas vulnerables (peatones, ciclistas, minusválidos, etc.) resulta contraproducente porque les despoja de intuición. Pierdes la noción del peligro cuado te acostumbras a hacer uso de las normas y te sientes seguro en ellas, sin embargo el peligro sigue estando porque siempre hay algún despistado, que somos personas, no máquinas (aunque estemos dentro de ellas). Así que en mi opinión, y predico con el ejemplo, lo suyo es pasar de esas normas, simplemente ser prudente y no poner en peligro a nadie (y estoy hablando como peatón y ciclista), y a los niños habría que enseñarles cómo evitar el peligro (con o sin paso de peatones, con o sin semáforos), y no solamente cómo acatar normas"(2).
(1) periódico 20 Minutos, 6 noviembre de 2007.
(2) ROMÁN, R. en Transporte o Cercanía, reflexiones sobre la sociedad del automóvil. Granada Vía Verde, 2007
GRANADA VÍA VERDE
Marzo, 2008
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